Puede apolillarse una persona, se dice,
cuando se retira, cuando hace de la soledad su compañera.
Puede, sí; puede apolillarse. Es mi caso, como todos lo
saben.
Todos lo saben,
porque me ven; todos, asimismo, desconocen las causas. La
opinión generalizada, no por generalizada, creo yo, acertada,
es que siempre me resistí a los deportes o por lo menos
al aire libre, al campo o simplemente a cualquier esfuerzo
físico.
Quizás induzca
tales pensamientos mi cuerpo, ahora tan visible. Es posiblemente
, mi castigo. En esto tiene que consistir. Porque esto de
apolillarse, esta palabra rancia que me ha ocurrido, tomó
posesión de mí como menos podía esperarlo, sin haberlo esperado
nunca, claro está.
La polilla,
este ejército ciego y famélico, me come, me come, paciente
pero activamente, cuanta ropa me pongo para cubrirme, sin
dar alivio no sólo a mi pudor, sino a mis carnes metalizadas
por el frío. Todo es imposible contra ellas. Cualquier trapo
que me caiga encima suscitará, no digo su apetito, que debe
ser implacable, sino su decisión de cumplir una especie
de abominable mandato que me persigue. Devoran; me dejan
con los brazos cruzados sobre el pecho;y desaparecen. Desaparecen;
pero yo sé, avisado por la experiencia, que siempre volverán.
Nada puedo
contra ellas y tampoco, ¡Cristo!, puedo contra mí. No es
sólo porque al tomar el revólver las polillas se comerían
las balas, sino porque yo quiero vivir. Yo quiero vivir.
No sé para qué; pero quiero. Lo único que pido es que se
me libre de las polillas, que se me permita andar por la
calle oculto, como todo el mundo, dentro de un traje.
La gente no
se acostumbra y casi no me tolera. Al principio, yo cultivaba
la esperanza de que se habituaran a verme, como les ha sucedido
con el hombre sin piernas y tantos otros desdichados que
tienden la mano, si es que la tienen. Pero no. Lo único
que legalmente no se me impide es andar libremente por la
calle, ir a la confitería y al cine, o adonde necesite o
puramente quiera presentarme. Con esa disposición al simbolismo
que, con el pretexto de sobrepasarla, elude la realidad,
se ha entendido que yo, por algún designio que nadie explica,
soy el símbolo de la pobreza. Es un error. No se animan
a ver la realidad escueta y simple: estoy sin ropas porque
las polillas me las comen.
*
* *
Hacia el término
de este mal año, la reflexión ha sucedido al desasosiego.
La lucidez ha venido, tal vez adulterada por la resignación,
y he dado con la pregunta clave que pocos quieren contestarse
sensatamente: ¿Para qué vivir?
Ayer hice lo
elemental: hablarles. Les pedí compasión, sin entrar a preguntarles
si pueden tenerla o les está prohibido ejercerla. Nada me
respondieron, quizás por no comprometerse; se habían acercado
a mí y me circundaban, como antes, cuando yo intentaba cubrirme.
Esto, para mi espíritu necesitado de esperanzas, fue suficiente.
Emprendí la parte consecuente de mi plan. Puesto que las
polillas comen las superficies manchadas y excavan devorando,
les dije que en mi vida había una mancha, localizada en
el pecho. De tal manera, calculé, si lograba conmover su
sentimiento, podrían darme la necesaria muerte sin asumir
mayores responsabilidades ante su mandante.
Ahora están
comiendo mi corazón, ahí han llegado las penetrantes, y
yo siento, cada vez más, un grande alivio, como si fuera
entrando en el sueño, pasito a pasito...
El resto de
corazón que me queda palpita de gratitud por ese acto de
amor y cuando- todavía- pienso en el amor, se me ocurre,
ignorando el porqué, que toda mi culpa debe de haber sido
ocultarle mi cuerpo. Aparte de esto, que se me diga, por
piedad, se me diga, ¿ qué puede haber cometido de aborrecible
un muchacho de veinte años?
Cuento de Antonio Di Benedetto , extraído del libro Mundo
Animal.
El cariño
de los tontos. Adriana Hidalgo editora