¿Cómo expresar
en una comedia el terror que nos inspira el presente?. Pues
Luigi Pirandello nos da una lección de buen teatro,
de humor inteligente y de original inventiva, al plantear
con toda su ironía ese enfrentamiento que siempre
nos acecha entre la tranquilidad que brinda el pasado y
la incertidumbre que caracteriza al presente.
En su obra “ Enrique IV”, estrenada en 1922,
y que el Centro Cultural General san Martín afortunadamente
ofreció todo este año con un elenco admirable
encabezado por Alfredo Alcón, Pirandello muestra
esta encrucijada en una mezcla acertadísima de dramatismo
e hilaridad.
¿Cómo enfrentar, entonces, este terror del
presente, las heridas que nos va abriendo, las heridas que
nos abaten, o el advertir de pronto, en el mismo instante
en que se comprende que se amará para siempre, la
certidumbre de que ese amor es hueco y sucio?. El protagonista
de esta obra elige refugiarse en la identidad de un emperador
del medioevo alemán que vivió su presente
también con incertidumbre, con penas y derrotas,
pero del que ya se conocen todos los acontecimientos de
su vida, las vicisitudes de sus luchas y, sobre todo, su
final, de tranquilizadora previsibilidad. Final por otra
parte que no fue bello, ni heroico, ni arriesgado, pero
tampoco catastrófico.
Al encenderse las luces del escenario , el espectador contempla
una sala de un palacio gótico en la que se ven claramente
dos retratos de cuerpo entero: el de Enrique IV y el de
su esposa Inés. Pronto invaden la escena un hombre
vestido según la moda medieval perseguido por otros
tantos hombres con idénticos ropajes. Pero aunque
el perseguido continúa asustado, los perseguidores
se detienen para exteriorizar una ruidosas carcajadas. De
inmediato sigue un diálogo en el que se explica que
sólo se trata de una simulación ya que el
dueño de esa mansión, que los ha contratado,
cree ser Enrique IV de Alemania y hay que seguirle la corriente.
Más tarde llegarán al castillo un grupo de
aristócratas, amigos de juventud del dueño
de casa, acompañados por un psiquiatra, con la intención
de montar una especie de broma que lo cure de ese delirio.
En esta obra, su protagonista, casi con la ingenuidad de
un niño y, tal vez, también con su bondad,
nos invita a un juego teatral de personajes detenidos en
el tiempo, con sus edades inmovilizadas (el protagonista
cree tener veintiséis años) en la conveniencia
de no abrir más esa espesura inquietante del devenir
de la vida, o para prevenir siquiera la irrupción
malsana de una decepción que nos mate el alma.
La locura y la cordura, la frivolidad de los afectos, el
paso del tiempo, y la preservación, aun a costa de
la reclusión y el ostracismo, de una inocencia primordial
que nos conserve dignos ante nosotros mismos, son los temas
que transitan en chispeante orden por esta comedia admirablemente
construida.
Es imposible no encariñarse con este falso emperador,
enfrentado con un Papa muerto ya hace decenas de siglos,
y que lo atacó con su arma más mortal: la
excomunión. Entonces, si todo su problema consiste
en obtener el perdón de un Papa, el horror de una
Europa desollada por la Primera Guerra Mundial y el derrumbe
de todas las certidumbres, se diluye en la serenidad que
le proporciona al protagonista escuchar el zumbido de la
desesperación del presente pero desde el trono inofensivo
y previsible de Enrique IV.
La comedia, sin embargo, reserva algunas sorpresas más,
pero con todo no dejamos de preguntarnos ¿ por qué
no tomar ejemplo y refugiarnos de tanto en tanto en un personaje
que nos divierta o nos defienda de una realidad vidriosa
y gris?,¿por qué no aceptar este juego de
encarnar un rol más noble y más heroico, que
nos cure asimismo de esta enfermedad angustiante y vil como
es el hoy y el mañana?.
Este hombre, escondido dentro de una identidad del pasado,
y que convence a los demás de su locura, es el punto
crucial en que coinciden, con precisión de geómetra,
lo cómico y lo trágico. Allí confluyen,
por el arte seductor de Pirandello, la diversión
de un carnaval muy antiguo y ese cruel sentimiento de orfandad
que siempre mora en el corazón del hombre.
Podemos nosotros, personas lógicas y sensatas, interpretar
esta fantasía alucinada como debilidad o falta de
coraje, y podemos incluso considerar al protagonista como
un enajenado o un aristócrata aburrido; pero también
se nos ofrece la oportunidad de comprobar la profundidad
y la cualidad de verdad de los argumentos que desfilan a
lo largo de la obra. Y por sobre todas las cosas, la oportunidad
de advertir cuánto tenemos cada uno de nosotros de
este Enrique IV de cartón, de este emperador pintarrajeado
y loco, y cuánto alivio nos procura su ejemplo.
Marcelo Manuel Benítez.